No existe una fórmula perfecta, pero sí un método razonable para pensar mejor.
1.- Define el conflicto real.
Antes de decidir, conviene identificar qué valores están chocando. No basta con decir que algo está mal o bien. ¿El conflicto es entre verdad y lealtad? ¿Entre libertad y seguridad? ¿Entre justicia y compasión? ¿Entre eficiencia y dignidad?
Nombrar bien el conflicto ya mejora mucho la decisión.
2.- Identifica a las personas afectadas.
Una mala decisión ética suele empezar con una visión demasiado estrecha. Pregúntate quién gana, quién pierde, quién asume el riesgo y quién no tiene voz en la decisión.
En muchos dilemas, las personas más afectadas no son las que tienen poder para decidir.
3.- Distingue hechos, suposiciones y miedos.
A menudo creemos estar razonando moralmente cuando en realidad estamos reaccionando al miedo: miedo a quedar mal, a perder dinero, a decepcionar a alguien o a asumir responsabilidad.
Separar hechos de interpretaciones ayuda a no convertir la ansiedad en argumento ético.
Fuente digital de la información:
La frase del día
"Las religiones son verdaderas para la gente común, falsas para los intelectuales y útiles para aquellos que están en el poder" • Séneca