El análisis de este ataque dentro de los muros de la prisión de Wakefield (recinto de máxima seguridad ubicado en el Reino Unido, conocido como la "Mansión de los Monstruos") nos asoma a unas de las realidades más crudas y primitivas de la sociología criminal: la jerarquía de los reclusos y el implacable código de sangre.
El asesinato de la pequeña Lola James, de apenas dos años, a manos de Kyle Bevan, fue un acto de una brutalidad inimaginable que conmocionó al mundo. Sin embargo, que este sujeto haya sido apuñalado más de 30 veces en un ataque sostenido de 5 minutos por otros internos no es un acto de justicia penal, sino la ejecución de una sentencia paralela dictada por la propia población penitenciaria.
En la subcultura carcelaria, los abusadores y asesinos de niños ocupan el eslabón más bajo de la cadena alimenticia, convirtiéndose automáticamente en "blancos legítimos" para el resto de los criminales.
Que un grupo de reclusos pueda ejecutar un ataque armado, coordinado y prolongado durante 5 minutos en una prisión de máxima seguridad expone graves deficiencias en los protocolos de los custodios, específicamente en áreas como: vigilancia, aislamiento y control de armas hechizas (puntas).
Celebrar la violencia carcelaria es un reflejo de nuestra propia frustración ante sistemas judiciales que a menudo parecen insuficientes frente a la atrocidad. Sin embargo, la verdadera justicia para Lola James fue la sentencia que apartó al delincuente de la sociedad; lo ocurrido en Wakefield es simplemente la barbarie devorando a la barbarie.
Fuente digital de la información:
La frase del día
"Las oportunidades favorecen a quienes están listos para aprovecharlas"
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