Una de las etapas más oscuras de la historia tiene la Santa Inquisición como referente. Creada en 1184 en Francia, fue concebida para combatir la herejía de los cátaros, y más tarde, para reprimir cualquier culto pagano, iniciando una caza de brujas por toda Europa. El papa Lucio III fue el artífice de la creación de los tribunales episcopales de la Cristiandad que se dedicaron a la persecución y condena de los herejes. Una bula del papa Sixto IV fue la que autorizó su puesta en marcha en la Corona de Castilla. Su primer inquisidor general fue Tomás de Torquemada, que llevó al extremo su propósito de combatir las prácticas judaizantes. El procedimiento del tribunal de la Inquisición solía iniciarse con una investigación. El sospechoso, ya bajo arresto, era interrogado hasta la extenuación. En caso de no reconocer su supuesta culpa, se le torturaba para extraer una confesión forzada. Hasta el dictado de la sentencia, que podía durar años, el reo se encontraba incomunicado y en condiciones de salubridad pésimas.
Juana de Arco, la Doncella de Orleans, fue acusada de hereje, reincidente, apóstata e idólatra y sentenciada a morir en la hoguera, en Ruán, en el noroeste de Francia.
Fuente digital de la información:
La frase del día
"La misma agua que ablanda la papa, también endurece el huevo"
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