Harold Shipman parecía el médico perfecto: amable, atento y respetado en su comunidad de Hyde, Inglaterra. Sin embargo, detrás de la bata blanca se escondía el mayor asesino serial de la historia moderna con un estimado de 250 víctimas.
El móvil real: poder vs. dinero
Durante años, Shipman mató a sus pacientes, mayoritariamente mujeres mayores, con inyecciones de diamorfina. No las robaba; su "droga" era el control. Él decidía cuándo se apagaba la vida. Nadie sospechaba porque aparentemente era "el buen doctor".
El error fatal (1998)
Su narcisismo lo llevó a volar muy cerca del sol. Tras asesinar a su última víctima de 81 años, Kathleen Grundy, Shipman cometió una torpeza monumental motivada por la avaricia: falsificó el testamento de la señora para dejarse a sí mismo £386.000 libras.
El factor víctima
Shipman subestimó a la familia. La hija de Kathleen era abogada, de manera que al ver el testamento notó dos cosas que la alarmaron: estaba mal redactado y la firma era falsa. La policía descubrió que el documento había sido escrito en la propia máquina de escribir de Shipman.
La caída
Esa denuncia destapó la cloaca. Se exhumaron cuerpos y se encontraron rastros de morfina. El doctor fue condenado por 15 asesinatos, pero la investigación confirmó que apagó más de 200 vidas.
Se suicidó en su celda en 2004.
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La frase del día
"Listo es aquel que sabe hacerse el tonto cuando está cerca de un tonto que se cree listo"